
El título de la obra Babylon (2022) de Damien Chazelle, toma inspiración de Babilonia, la antigua capital del reino mesopotámico, evocando paralelismos con la glamurosa atmósfera de Hollywood en los años 20. Según las narrativas bíblicas, en este lugar se erigió la imponente Torre de Babel, un símbolo de la ambición humana por alcanzar el cielo, el dominio de los dioses. Sin embargo, la torre cayó, llevando consigo el esplendor del imperio que la construyó. Babylon refleja la decadencia de la industria cinematográfica muda, donde individuos se consideraban divinidades, pero que al final, sufrieron su propia caída.
La narrativa de la película sigue a una diversidad de personajes y explora las adversidades que deben afrontar durante la transición de la industria cinematográfica del cine mudo al sonoro. Sin embargo, esta temática no es exclusiva de Babylon, ya que clásicos como Cantando bajo la lluvia o El crepúsculo de los dioses también abordan estas dificultades enfrentadas por las estrellas del cine mudo que luchan por adaptarse a los cambios. Entonces, ¿qué distingue a Babylon y la hace tan especial?
Nunca antes una película con una premisa tan dramática ha logrado ser tan sorprendentemente divertida y graciosa. La obra presenta de manera exuberante y desvergonzada un festín de éxitos, fracasos y excesos tan grandiosos como solo el legendario Hollywood clásico podría concebir. A lo largo de tres horas de pura adrenalina, Babylon se revela como una experiencia cinematográfica sumamente dinámica. Este dinamismo se debe en parte a su excepcional banda sonora, en parte a su tono sarcástico, y en gran medida a las brillantes interpretaciones de sus personajes.
Esta película no es para todos los espectadores, ni tampoco para cualquier aficionado al cine. Está repleta de sexo, drogas, crudeza, vómitos y muerte. Sin embargo, es algo completamente innovador; Babylon ofrece una experiencia única que rompe con los moldes establecidos. En una época en la que la industria cinematográfica a menudo parece producir más de lo mismo, esta película es un halago a la originalidad y la audacia.
Se trata de una obra profundamente meta cinematográfica que retrata de manera sublime las peculiaridades de la industria, especialmente a través de una impactante escena que muestra los desafíos de filmar en exteriores. Las resacas o el consumo de drogas de los personajes no importan, tampoco la coincidencia de que solo quede un último rayo de sol para capturar una escena o que una mariposa se pose en el hombro de un personaje.
Ni siquiera las veces que se repiten tomas, hasta diez veces, para perfeccionar incluso la cantidad exacta de lágrimas que debe derramar la protagonista mientras se incendia el set. Al final, lo crucial durante el proceso de filmación es que las fantasías se vuelven tangibles más allá de la artificialidad de los sets cinematográficos. Lo importante es lo que finalmente percibe el espectador, sentado en su butaca del cine.

